El érase una vez de Martha Escudero

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Pantuflas en los pies, mandil-bata de casa, pelo recogido y toda la maña del universo reunida en una sola mujer, capaz de convertir cualquier teatro, plaza o habitación en su reino doméstico.
Naturalidad y calidez son los colores que abandera la narradora mejicana Martha Escudero. En cuatro palabras, nos sentimos como en casa en su cuarto de planchar, en una puesta en escena construida con una silla, una tabla, varias sábanas arrugadas (que al terminar la función están impolutamente planchadas y dobladas) y un radiocasete.
La planchadora nos cuenta un cuento de hadas, con desparpajo de vecina, madre y contadora, sabiendo crear uno de esos momentos en los que el espectador mira con los oídos bien dispuestos y escucha con los ojos bien abiertos.
Nos cuenta un verdadero culebrón de 1740, un espectáculo que nos traslada al mundo de las hadas, con sus reglamentos, sus ponzoñas y sus guerras particulares. Escudero adapta y trae hasta 2015 una novela desconocida para el lector general. Todos hemos oído hablar y hemos visto varias adaptaciones de La bella y la bestia. Muy pocos sabíamos que la historia original es una novela, bastante diferente al moralizante cuento de Leprince de Beaumont, y escrito años antes por Gabrielle de Villeneuve, una noble francesa que vivió entre el reinado de Luis XIV y Luis XV. La música que acompaña a la narradora es el concierto número uno en G mayor de los Concerts Royaux de François Couperin.
La narradora hace saltos cronológicos, va, viene, vuelve y deleita con su propio deleite, deshaciendo poco a poco el nudo de la historia. Dos generaciones de venganza, amor, sacrificio y traición convertidas en un cuento polícromo, complejo y apabullantemente  fascinante.

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