Un viaje llamado cuento

El cuento popular es el origen de la literatura culta, aunque ésta tenga la mala costumbre de menoscabar la grandeza de ese arte. Hay evidencias de Caperucitas y Cenicientas en papiros egipcios, recogidos de tradiciones orales más antiguas. “Estamos narrando lo que narraban nuestros iguales hace mucho tiempo”, dice Cristina Temprano, narradora y directora de Palabras al Vuelo.

La influencia de lo oral en la literatura es constante. “La literatura se leía en grandes foros y se oralizaba”. En nuestros días, esta ‘contaminación’ es total. La mayoría hemos conocido los cuentos orales leyéndolos, no escuchándolos.

Estamos en la Biblioteca de Teguise, una casa señorial del siglo XVIII. Es martes 17 de octubre de 2017 y se celebra el primer Encuentro de escritores de cuentos de Lanzarote, organizado por el quinto Festival del Cuento Contado de Lanzarote. Una mujer empieza el diálogo: “Lo bueno del cuento es que uno lo puede enriquecer”. El narrador Héctor Urién asiente y recuerda que al cuento oral lo comparan con un camaleón; al escrito con una piedra. Uno evoluciona, el otro se conserva inmóvil.

“Bueno, el cuento escrito cambia según quien lo lea y cómo se interprete”, opina otra voz. El narrador madrileño afina: “El libro no cambia, cambias tú. En lo oral, el hecho sí que cambia, aunque no todo. Hay elemento inamovibles, pilares fijos”. Los pies, la magia, el príncipe, la madrastra de Cenicienta. El lobo, la abuela, la cesta de Caperucita. Aunque se modifique el envoltorio (antes de Perrault no existía el hada madrina), la esencia permanece.

“El cuento oral se parece más al cine que a la novela: se produce aquí y ahora; necesitas al otro”. No pasa lo mismo con los libros escritos. Virgilio escribió la Eneida y pidió que se quemase. No escribió para nadie, sino para sí mismo. “El cuento oral necesita de la emoción de otro, forja vínculos”, añade Cristina. Los narradores dibujan escenas de forma sencilla, directa y visual, algo que también hacen algunos autores como Quim Monzó. “Los lees y puedes escucharlos, parece que están hablando”.

En África, para aprender a hablar se enseña a contar. Además de conocer la técnica y de practicar la fluidez, los cuentos son enseñanzas de vida. Así aprenden los niños el sentido de la responsabilidad.

Es innegable que todavía hoy existe la percepción de que lo escrito “es mejor que lo oral”. Tiene su explicación: la escritura ha estado en manos de la élite. “Y sin embargo lo primero que llega a la imprenta es el Romancero, lo que la mayoría de la gente escuchaba”, dice Héctor.

El escritor Manuel Concepción recuerda que de pequeño escuchaba expectante las historias sobre la guerra y sobre los emigrantes retornados de Argentina y Cuba. “Historias que si no se recogen por escrito, difícilmente van más allá”. Al final, todo forma parte de “algo grande”: la palabra. El autor canario recuerda que el escritor también debe atrapar al lector y que hasta hace no mucho, a pesar de grandes como Cortázar o de Chejov, no se reconocía a los escritores de cuentos, considerados un género menor dentro de la literatura. “El cuento es una salsa reducida, tiene más sabor”, concluye Manuel.

La ilustradora María Herrera Tello compartió su primer álbum ilustrado: A don Pimpón. “A mi nunca me contaron cuentos, los descubrí muy tarde, con 24 años”, dice. Ahora tiene una interesante colección de cuentos orientales y sufíes. “Las buenas imágenes se leen, cuentan una historia que complementa al texto”, añade Cristina. Los ilustradores son narradores visuales.

Cuando se popularizo el libro, la poesía cambió. Empezó a formar figuras en el papel, como las de algunos poemarios de Mario Benedetti. Se empezaba a pensar para ser vista. “A mi no me empezó a apasionar la poesía hasta que no la leí en voz alta”, señala una mujer entre el público. “Somos lo que contamos que somos, somos seres narrativos”, dice Cristina.

Darlene Kist se presenta: escribe canciones. El debate gira ahora en torno a la rima, que a veces se menosprecia por ser un recurso para niños, cuando en realidad es un juego lleno de lógica y sonoridad. Manuel lee en voz alta uno de sus cuentos: La mujer asimétrica. Y la conversación deriva otra vez en el trabajo del narrador, que no interpreta textos, sino que los recrea, les da vida y cuerpo, los lleva a su terreno. Sean escritos o contados, “los cuentos son un viaje”. Apasionante.