Planeta Cuento (o cómo construir una historia juntos)

Suenan las primeras notas de When The Saints Go Marching In en el Centro Cívico de Arrecife, mientras decenas de personas acceden al recinto y se reúnen con naturalidad en corros concéntricos, alrededor de la música y del stand de álbumes ilustrados del Festival.

Los responsables de los ritmos jazzísticos y klezmer son el Cuarteto Saravasti (clarinete, trompeta, guitarra y percusión).

Con la energía de la música inoculada, los espectadores entran en la sala y toman asiento. Tarda poco en salir Cristina Temprano al escenario, jaleada con un fuerte aplauso. Ella cuenta la primera historia de la noche: la que a su vez ha contado el ilustrador Adolfo Serra en el cartel de este 5º Festival del Cuento Contado de Lanzarote. El protagonista del minicuento es un mensaje, una palabra, una hoja roja que tiene que atravesar todo un bosque hasta llegar a un destino llamado Él.

Cristina continúa convirtiendo en fábula una realidad que ha ocurrido esta misma mañana y que tiene como protagonistas al propio Adolfo, un bestiario muy humano (la insatisfecha, el refunfuñón, el gris, la egoísta…) y la decidida voluntad de dejarnos acariciar por el sol y sonreír. Porque sí, porque la vida son dos días. Cristina construye el cuento junto al público, que sugiere colores y tararea con ella. La historia toma consistencia colectiva.

Boni Ofogo entra al escenario ataviado con una preciosa túnica naranja. Todavía no ha pronunciado una palabra y ya ha captado la atención del auditorio. Su voz es poderosa, ligera, maleable, profunda como las raíces de un árbol viejo. El humor salpica su historia de principio a fin. Regala semillas de baobab, el árbol más importante de África, y nos recuerda que nosotros también procedemos de una semilla. El público exclama, ríe, canta y acompaña. Hay electricidad en el ambiente. Ganas de escuchar y de participar como coro.

Gema Gutiérrez se presenta con una adaptación contemporánea de la Cenicienta, con perdices comidas en todas las texturas y una historia de emancipación y autodescubrimiento, apuntalada por la necesaria presencia de un Hada Basta. El cuento se lleva a un terreno propio, se versiona con desparpajo y termina diciendo “basta” a príncipes subyugadores y a zapatos que encorsetan la libertad de los pies.

Valer´Egouy cuenta en francés y también con la complicidad y la traducción simultánea de Cristina Temprano. Lo que puede parecer algo farragoso sobre el papel, se convierte en magia por partida doble: él público entiende el tono y a veces no le importaría prescindir de la letra; la traductora-narradora media entre Valer y el público, enriqueciendo la narración con la espontaneidad del directo. En La Martinica narran cuentos interactivos y hoy participamos de uno de ellos, protagonizado por un hombre, una mujer y un dios.

Isabel Bolivar se atreve con un cuento africano. La oralidad en África, ya lo veíamos con Boni, es fuente de conocimiento y comunicación. La tradición oral es fundamental para enseñar valores como el respeto o las responsabilidad. Los niños aprenden a hablar contando. Isabel nos sumerge en una historia con un árbol cargado de frutos y una ¿inesperada? heroína final.

La voz a capella de Patricia McGill cantando la más popular de todas las canciones populares irlandesas, Molly Mallone, llena toda la sala. Tiene la capacidad de trasladarnos, con expresividad y precisión, a la misma puerta de una taberna llena de pescadores. Realidad y ficción onírica se confunden.

Héctor Urien cierra la noche. Nada más aparecer en el escenario recibe las risas cómplices de parte del público, que ya conoce su universo y su espíritu narrador por  haber compartido volcanes y catamarán días atrás . Héctor cuenta sobre su oficio: contar. Sobre lo que se les pasa por la cabeza a esas criaturas de “exigencia insobornable” llamadas niños. Sobre lo que significa el amor para ellos. Sobre el más exótico de los amores, extraviado en el cielo de los amores.