“Todas las vidas merecen ser contadas”

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Cuatro tambores abren la noche. La percusión y el ritmo del candombe marcan el comienzo del espectáculo, primero en el patio del Centro Cívico de Arrecife, y luego en el interior. Acompañado por palmas y baile, el desfile entra en el salón.

El urgente cambio de escenario (la ruta de cuentos está pensada para recorrer cuatro plazas de la ciudad, pero llueve tanto que se cancelan las actividades al aire libre) obliga a hacer una nueva puesta en escena, ahora bajo techo. Objetivo: convertir un salón de actos en un espacio con la atmósfera que necesita la escucha. Sobre el escenario: un caballete con el cartel de Palabras al Vuelo y pequeñas lámparas en el proscenio. Dos focos en los laterales dirigiendo la luz hacia el lugar donde aparecerá la primera narradora de la noche.

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Martha Escudero narra Coyote y no hace falta chistar para que se apaguen los susurros del auditorio porque, como alguien dirá luego, se ha organizado un “concierto de silencio”. Es algo diferente a la expectación. Es algo más. “Se dieron los ingredientes necesarios para que pasará”. ¿El qué? “La magia”. Una conexión excepcional.

“Al norte de México se extiende un enorme desierto, el desierto de Sonora”. La contadora mexicana describe la liturgia del noviazgo en un pueblo que está en medio de la nada: chicas bonitas, chulas, “rechulas” que se arreglan para dar vueltas alrededor de un kiosco para jugar a las miradas con los chicos. Es el comienzo de una leyenda que explica el origen de los coyotes y de las Pléyades, las seis luces que brillan en el cielo, como fuegos blancos sobre uno de los desiertos más grandes del mundo. Amor intenso, dolor lacerante, bolitas de huesos y lágrimas. Siempre en México se comió el dolor y se celebró la comida con intensidad. Aplauso cerrado e intenso.

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Siguiente narradora a escena: Natalia Álvarez. Qué voz tiene Nana. Es un imán, es un refugio. Comienza su fábula de La Huesera, una loba aficionada a reunir huesos de todo tipo de animales con fría vocación de coleccionista, hasta que se encuentra con los restos de un congénere, un lobo. Entonces todo cambia.  Esos huesos los cepilla, los pule hasta hacerlos brillar y los coloca en el suelo formando el esqueleto del animal. El auditorio acompaña a la narradora lanzaroteña en su cántico (percusión con anillo y collar) y los huesos se cubren de carne y luego de pelo, hasta que la masa informe cobra vida y echa a correr.

Cuenta luego una vieja leyenda sioux: la de Nube Azul y Toro Bravo, dos amantes que quisieron jurarse amor eterno y buscaron la ayuda del más sabio de la tribu para garantizarse lazos para siempre. Una vez más (y van…) basta observar a los animales para extraer conclusiones. “No os atéis. Ni siquiera por amor. Volad juntos. Nunca atados”.

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Jennifer Ramsay sale al escenario ataviada con un traje de colores. “En Escocia llueve mucho y no cerramos los colegios”, ríe sorprendida. El público le responde con más risas. La escocesa cuenta un cuento en inglés y español, un relato aparentemente sencillo que va progresando con humor. Nancy es una costurera laboriosa, que tiene poco dinero y mucha maña. Recicla retales y diseña todo tipo de piezas de ropa, ante la fascinación constante e hiperbólica  de sus vecinas. Jennifer lo cuenta con ritmo, genera interacción. Primero un abrigo, luego un chaleco, más tarde un sombrero, al final un botón. Un fantástico botón.

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Juan Carlos Tacoronte sube al escenario con un traje color barro y un sombrero ‘acachorrado’. Se presenta como hijo de jornalero y aprovecha para hablar del doble significado de la lluvia. Sus historias vienen de La Morra, su Macondo particular. El contador tinerfeño nos traslada rápidamente a un lugar donde la vida se desarrolla al aire libre, bajo la sombra de los árboles.  “A la casa se va a dormir o a morir”. Como su bisabuela, cataléptica y prevenida, que sabía morirse como nadie. Conforme avanza el relato, aparecen los olores, los sabores, la agüita de ruda, la raigambre canaria, un brillante humor negro. Un cortejo de hombres que van a recoger un cajón para la futura muerta a una lonja llamada El Porvenir. Una serie de cómicas desdichas que van in crescendo y terminan con lágrimas de carcajada. Aplausos que interrumpen la función y rabiosos al terminar. Tacoronte no se marcha sin dejar una postdata: “Todas las vidas merecen ser contadas”.

Souleymane Mbodj cuenta —como todos, pero quizás más que nadie— con todo el cuerpo. Se disculpa por no hablar español. Nació en Senegal y estudió en París, domina el francés, el wolof y el mandinga, “¿y ustedes?”. No hay por qué preocuparse: hay traducción al español, guitarra y percusión, “el lenguaje universal de la música”. El contador comienza con una leyenda tradicional africana: una reunión de animales —pantera, león, elefante, serpiente y hiena— bajo un baobab. Una fábula sobre la convivencia, repleta de humor contemporáneo, situaciones habituales, ironías de la vida y aprendizaje.

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“Cuando los portugueses nos vinieron a ver amablemente en el siglo XVI nos dejaron la guitarra como regalo”, ironiza Souleymane con una sonrisa que lo dice todo. “La afinamos con nuestra lengua”. Carraspea unos acordes y comienza la canción. La música africana cuenta historias universales que explican la altura del cielo y cómo es que las heridas pueden terminar transformándose en estrellas.

Va, una pregunta final. Entre la libertad y la verdad, ¿con qué te quedas?  ¿Somos libres porque encontramos la verdad? ¿O elegimos el camino de la verdad y es así como llegamos a la libertad? Que se lo pregunten a las gacelas de la sábana. Termina la noche de cuentos. Cuando se reúne un buen contador y un buen oyente, a veces, pasa. Se llama magia.

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