Una noche con Iban Barrenetxea y los ‘Homo Narrans’

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“No ilustro libros porque me guste dibujar, sino porque me gusta contar historias. Me da lo mismo que sea una canción, una película, o un libro. Contar historias es alucinante”. Así comenzó ayer el ilustrador Iban Barrenetxea un encuentro con los espectadores de Palabras al Vuelo, que abarrotaron el salón de actos de la Escuela de Arte Pancho Lasso para escuchar al autor de Bombástica Naturalis. 

La periodista Lucía Rodríguez Peña presentó la trayectoria del ilustrador guipuzcoano, en un escenario diseñado para la ocasión por la escenógrafa Mariate Die (Ediciones Salitre) con ilustraciones recortadas, cordeles, elementos naturales, vajilla con aires campestres británicos, camafeos y variados elementos que interpretan la delicada obra de Barrenetxea.

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“Algunos biólogos defienden que en vez de ‘Homo Sapiens’ debiéramos llamarnos ‘Homo Narrans’ porque lo que nos define de verdad es la capacidad de contar historias”. Apasionado del cine mudo y de la literatura inglesa, Iban escribe y dibuja “desde siempre”. Hace siete años, con el auge de los blogs, comenzó a compartir su obra en internet y pronto empezó a recibir mensajes: “¿Dónde puedo comprar tus libros?”, le preguntaban. Su respuesta, huidiza: “No hago libros, yo hago cuatro dibujos y ya está”. Entonces, el diseño gráfico era la actividad que le daba de comer.

Pero las preguntas no cesaron. Y a los lectores de libros que todavía no existían se sumaron los editores. Arianna Squilloni (A buen paso), fue la primera en proponerle que hiciera un libro con los inventos de uno de sus personajes: el doctor Bombastus, un personaje inspirado en Erasmus Darwin. El Jardín Botánico de Chelsea (Londres) -lugar de encuentro para aventureros, investigadores y descubridores de especies en los siglos XVII y XVIII- inspiró el primer libro de Iban: Bombástica Naturalis (A buen paso, 2010). Su idea era hacer un libro sencillo, pero terminó dedicándole un año entero. “Es como cuando sueltas a un niño en una habitación llena de juguetes… el niño de vuelve loco”.

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En el El cazador y la ballena (OQO Editora, 2010) usó lápices de colores pero la mitad de su trabajo y su trazo se perdió en el proceso de escaneo. Pronto decidió usar el medio digital. “Es maravilloso porque tienes todos los medios a tu alcance, pero si eres perfeccionista puedes volverte loco porque nunca terminas del todo un dibujo”.

“Vivo en un pueblo pequeñito en Guipúzcoa y se me da mal venderme”, así que la llegada de Pencil Ilustradores -la agencia que representa a Iban- fue un genial punto de inflexión: empezaron los encargos editoriales y los “leoninos” plazos de entrega. La Alicia de Lewis Carroll fue uno de ellos. Alicia en el país de las maravillas (Anaya, 2011) le produjo tanta ilusión como pánico. Lo abordó con su método de trabajo habitual: empaparse en la obra y documentarse al máximo. Leyó la autobiografía de Carrol y la correspondencia que mantuvo con el primer ilustrador del clásico. “De Alicia se han hecho todo tipo de lecturas; yo la abordé desde el punto de vista de la imaginación y el lenguaje”.

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 “¿Hasta qué punto he de ser fiel el ilustrador al texto?”. Iban intenta serlo al máximo, pero debe tomar decisiones en cada escena. Le ocurrió con Otra vuelta de tuerca (Teide, 2011), la obra más popular de Henry James, uno de sus autores favoritos. “En este libro todo el mundo oculta algo, todo el mundo miente. Es muy inquietante”. Cada una de las ilustraciones transmite esa atmósfera de desasosiego: las escenas frontales (que usa en contadas ocasiones) y las dobles páginas, auténticas secuencias cinematográficas que representan un conjunto de acciones en una imagen estática.

“La ventaja de ser ilustrador ya con una edad es que sé lo que quiero. No quería historias infantiles con arco iris, sino historias con personajes malos y buenos”, dijo Iban. Quizás por eso disfrutó desarrollando la madrastra en Blancanieves (Nórdica Libros, 2012), “un chollo de personaje” en un cuento universal escrito por unos hermanos Grimm que nunca rehuyeron la brutalidad en su narración. También gozó ilustrando a Sherlock Holmes en La liga de los pelirrojos (Anaya, 2013), un libro lleno de evidencias que desatan el proceso deductivo del personaje de Conan Doyle.

Su estilo inconfundible, figurativo, divertido; sus personajes, entre la realidad y la caricatura, un poco orejudos y narigudos, y su mirada detallista. Todo eso le ha valido el reconocimiento de los lectores y de la crítica. “Al final, los libros más raros o personales son los que te dan más alegrías”, advierte. En estos años como ilustrador profesional, ha descubierto su responsabilidad como autor. “Tu libro lo van a leer los niños que algún día leerán a Jean Austin”, le dijeron una vez. Eso le marcó.

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La noche de concluyó con una intensa lluvia de preguntas formuladas por el público gracias a las que averiguamos que a Iban no se le da muy bien bocetar a lápiz (estructura en la cabeza y dibuja en Ilustrator), que dibuja 600 ppp de resolución y no le importa que el detalle se pierda en la impresión porque disfruta mucho con el proceso; que se dedica a ilustrar todo el rato, desde las seis de la mañana, y que le encantaría ilustrar… La isla del tesoro.

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